EL PUEBLO SUFRIENTE, SANGRANTE Y CRUCIFICADO TRAE SALVACIÓN

Por: Jaime Comabella Callizo

El pasado martes se hizo público el reconocimiento por parte del Vaticano del martirio de nuestro San Romero de América. Monseñor Romero es santo. Es Santo por la vida que entregó, pero también por el modo en el que murió o, mejor dicho, en el que fue asesinado. Su vida, pero también su asesinato es motivo suficiente para proclamar su santidad. ¿Por qué? Porque el sufrimiento, la sangre y la crucifixión del pueblo nos trae salvación. Este es el tema que quiero ahora desarrollar[1].

  1. La crucifixión de Jesús y el pueblo crucificado

¿Cómo se puede hablar del pueblo crucificado como realidad que nos salva si la mayor parte de la humanidad sufre opresión? ¿Cómo se puede hablar de los pobres y crucificados como salvadores, si claramente son ellos los necesitados de ayuda y no los dadores de salvación al resto? Son buenas preguntas para iniciar esta reflexión. Sobre todo cuando de lo que se trata es de relacionar la obra salvífica de Jesús – que acabó muerto en una cruz – con la salvación que viene de los crucificados en la historia. Se trata, en un primer lugar, de un trabajo de historización de la salvación ofrecida por Jesús pero solo desde el punto de vista de su pasión y muerte. Para poder asemejar a ellas la pasión y muerte de los crucificados de ahora.

La crucifixión de Jesús, al igual que la del pueblo crucificado, muestra el aparente fracaso de Dios. Ante un final como el que sucedió con Jesús cabría afirmar que Dios no tuvo éxito, y mucho menos al contemplar que esa realidad de muerte violenta se prolonga en la historia en millones de seres humanos inocentes. De este modo, proponer la salvación a partir de la crucifixión – tanto de Jesús como del pueblo – supone escándalo y locura. ¿Cómo entender la salvación que viene de la mano del derramamiento de sangre?

jesus1La resurrección de Jesús se presenta como esperanza para los que sufren pasión. Es la seguridad de que su actual sufrimiento no será obstáculo para su futura salvación. Pero su resurrección no apunta solo a algo más allá de la historia, en un futuro después de la muerte, ya que eso invitaría a resignarse y aguantar la mala vida que les toca a muchos para salvarse en la llamada “otra vida” fuera de la historia, sino que es resultado o consecuencia de un modo de actuar en ella.

No se puede pensar, por lo tanto, que la cruz de Jesús fue meramente un incidente o un misterio puntual, sino que estuvo en relación directa con el modo que tuvo de desarrollar su vida y con el cómo se relacionó con los acontecimientos históricos de su tiempo. De esa manera, la resurrección de Jesús – es decir, el elemento de salvación – está ligada totalmente a la cruz y esa cruz al modo de vida en favor de los pobres. Por eso mismo, la cruz es consecuencia del enfrentamiento con el reino del pecado – y todos sus secuaces concretos, con nombres y apellidos – y es salvadora porque se centra en la liberación de los pobres.

La crucifixión de Jesús fue una realidad necesaria, debido al pecado del mundo que necesita de una liberación, personal y colectiva, para formar el nuevo pueblo de Dios. Son necesarias vidas – como la de Jesús, Monseñor Romero, y tanto otros – que respondan a la palabra de Dios, al modo de vida que Dios nos ofrece y que en nuestro mundo histórico y concreto, deberán pasar por la persecución y la muerte para llegar a la gloria de Dios. Jesús fue asesinado por la vida histórica que llevó. Sin duda alguna, no buscó la muerte como expiación de los pecados de la humanidad, sino que se la encontró – y no la rehuyó – como consecuencia del anuncio de Dios y su reinado. Ese anuncio le llevaba a un continuo enfrentamiento con quienes le podían quitar la vida, como así pasó. Fue su vida la que dio sentido a su muerte y pasión salvadora y serán las vidas de sus seguidores las que den, del mismo modo, sentido a sus muertes. Por lo tanto, el acento está en la vida histórica de Jesús y sus seguidores y no solo en la muerte, como si de un elemento expiatorio se tratara. Dios no quiso la muerte de Jesús, al igual que no desea la muerte de ninguno de sus hijos e hijas, porque es un Dios de vida y no de muerte.

En la historia aparece un pueblo crucificado cuya muerte también es resultado de acciones históricas. El sujeto es aquí un pueblo. La pregunta que se hace necesaria ahora es si esa situación del pueblo crucificado es también principio de salvación para toda la humanidad.

  1. El pueblo crucificado como elemento de salvación

La respuesta a este interrogante se resuelve teniendo en cuenta la figura del siervo sufriente que se nos presenta en el libro del profeta Isaías (Is 53) y que presupone que el encuentro con Yahvé acontece en la historia. Dios elige a su siervo para implantar justicia así como una tierra nueva y un pueblo nuevo. El siervo elegido por Dios es el despreciado por los poderosos; de este modo, Dios se está situando al lado del oprimido y en contra del opresor, ofreciendo un futuro esperanzador para los afligidos. En resumen, el siervo sufriente que es elegido por Yahvé para traer salvación es alguien destrozado por la intervención histórica de los hombres y presentado como pecador, pero que acepta el asumir los pecados que él no cometió para llevar la salvación a los verdaderos pecadores. Ese mismo siervo, aplastado en su vida sacrificada y en su muerte crucificada, acaba triunfando. De ahí vino la salvación de Jesús, más allá de que tuviera o no conciencia de ello. Del mismo modo, de ahí vendrá la salvación traída por el pueblo crucificado – tenga o no conciencia de ello – si encarna los valores del siervo sufriente. No solo el mero hecho de la crucifixión trae salvación, sino que es la vivencia de la resurrección a pesar de la muerte que se le ha infligido al pueblo la portadora de salvación.

rostro2Así, el pueblo crucificado, los pobres de nuestros tiempos, son los continuadores de la salvación emprendida por Cristo en la cruz. No dejan de surgir preguntas e interrogantes. Está claro que los pobres son llamados a ser evangelizados, pero de ahí a decir que los pobres son salvadores, va una gran distancia. Es un problema difícil porque ni se ve que los pobres son evangelizados, ni mucho menos que sean los salvadores de la historia. El problema no se arregla diciendo que la salvación es puramente interior o espiritual, eso es ir en contra de la promesa de Jesús. El Jesús histórico arroja luz en todo esto. Jesús y los pobres acaban en la cruz y sin embargo traen salvación verificable, porque cargan con el pecado-del-mundo. Sobre ellos y ellas recae la cruz. Es un siervo de Yahvé, por lo tanto, colectivo e histórico. El pueblo crucificado que desde su cruz histórica, interpela a sus verdugos y les reclama conversión. La llamada a la conversión es una llamada a la salvación y la verdadera felicidad.

Todo esto quedaría en literatura más o menos bonita, sino fuera porque hay ejemplos, históricos, donde los pobres son evangelizadores y son salvadores. Uno de ellos serían las comunidades eclesiales de bases como fermento de renovación de la Iglesia y factor de transformación política. La fe los organizó y los llevó – antes más que ahora, también hay que reconocerlo – a reclamar sus derechos. La salvación será más efectiva cuanto más adecuadamente historice el espíritu de Jesús. Se logrará cuando los pobres de la humanidad luchen por su liberación. Por lo tanto, la respuesta que habría que dar es el famoso “ya sí pero todavía no”. La gran tarea salvífica es pues, la de evangelizar a los pobres para que tomen conciencia de su pobreza, para salir de su indigencia, para terminar con las estructuras opresoras y para instalar unos cielos nuevos y una tierra nueva. Todo esto requiere una transformación total, una cosmovisión distinta, una nueva teología, un nuevo sistema económico y político porque la salvación no es espiritual sino real e histórica.

  1. Los crucificados de la historia como signos de Dios

La historia está llena de signos a través de los cuales se hace presente el Dios salvador. Dios es un Dios de vivos, no de muertos. Es un Dios, por lo tanto, presente en la historia viva y en la historia que produce vida, no en la que provoca muerte. Por eso, el Dios histórico (el del pueblo judío, el de Jesús de Nazaret y el de Monseñor Romero), se hace transparente en la historia de vida y opaco en la historia de muerte.

El signo principal de todos los signos es el pueblo históricamente crucificado, que junta a su presencia permanente – ya que siempre hay pueblo crucificado en la historia – la siempre distinta forma histórica de crucifixión. Por eso hay que discernir este signo, como todos los demás.

En el pueblo crucificado, como signo principal de Dios, se esconde y aparece Jesús. Se esconde para los que no lo reconocen – no por malicia, sino por pura incapacidad – que son los sabios de este mundo (los escribas, levitas y fariseos de entonces, y los sacerdotes y poderosos de ahora). De hecho, no importa que estas personas no reconozcan a Jesús en el pueblo históricamente crucificado. Que los poderosos de este mundo, los ricos o los opresores llamen a ese pueblo y a los que lo defienden subversivos, subversores del orden público o comunistas, quizá sea una prueba de autenticidad del pueblo crucificado como signo de los tiempos. Así consideraron también a Jesús, porque Dios es la negación del pecado. No hay encuentro posible entre Dios y los opresores.

Pero el pueblo crucificado está ahí. Aunque no tenga publicidad, es una realidad palpable y verificable. ¿Por qué, entonces, se hace todo lo posible por ocultar este signo? ¿Por qué se lo quiere apartar para que no perturbe la tranquilidad de tantos que viven como ricos? Porque todo importa más que escuchar la voz de Dios presente y salvadora en el pueblo crucificado.

Por lo tanto, la voz de Dios es una voz histórica, encarnada en las situaciones de explotación y en las personas sufrientes así como también en las luchas por la liberación. Esa es la voz de Dios en la historia a través del principal signo de los tiempos, que es el pueblo crucificado.

Los demás son el pecado-del-mundo. Si se pudiera decir así, la anti-voz de Dios. No solo los que crucifican al pueblo – que están muy apartados de la salvación – sino los que se hacen los sordos y los ciegos, sin querer mirar la realidad. Los que no oprimen pero tampoco luchan por la liberación de los crucificados, quizá porque no crean que sea un problema religioso. «Esos son los tibios que Dios, asqueado, ha vomitado ya de su boca»[2].

romero3

A modo de resumen, he tratado de presentar que la crucifixión de Jesús tiene su continuidad histórica en la crucifixión del pueblo, en sus diferentes tiempos y modos. Y que, además, esa forma de muerte escandalosa es portadora de salvación ya que se comporta como el siervo sufriente de Yahvé que, con el rostro desfigurado por los castigos de otros, es capaz de asumir los pecados ajenos y presentarse como invitación a la conversión. Por último, ese pueblo crucificado es salvación únicamente si es aceptado por Dios. Por eso, traté de presentar que el pueblo crucificado es signo de la presencia de Dios en la historia. Que los marginados y desheredados de la humanidad son los preferidos de Dios y que el resto se convierte en pecado del mundo, y por lo tanto en realidad repudiada por Dios. El pueblo crucificado es continuación en la historia del acontecimiento salvador que se dio en el Jesús crucificado.

[1] Para escribir el presente texto me he inspirado en un artículo de Ignacio Ellacuría titulado El pueblo crucificado. Ensayo de soteriología histórica, y publicado por UCA Ediciones en el año 2000. Recomiendo fuertemente su lectura.

[2] Con esa expresión tan dura se refería Ignacio Ellacuría a los que no hacían mal peo tampoco combatían las injusticias.

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Mujeres privadas de libertad como siervo doliente de Yahvé

Por: Claudia Schmölz

1.    Introducción

Legado del método teológico de la teología latinoamericana es de ver cualquier situación histórica desde su correspondiente clave en la revelación. Si uno ve la realidad de una parte de la población salvadoreña, ve a mujeres privadas de libertad que viven en condiciones precarias que se pueden considerar como parte del pueblo crucificado. Este relacionar es un gran enriquecimiento: La crucifixión de ellos evita el peligro de mistificar la muerte de Jesús y la muerte de Jesús evita el peligro de magnificar salvíficamente el mero hecho de la crucifixión de ellas porque son salvadoras y liberadoras de una salvación sustancial, no una resurrección personal. De cierto modo ellas son la presencia de Cristo crucificado en la historia (cfr. artículo “Mujeres privadas de libertad como parte del pueblo crucificado”).

Ahora queremos reflexionar más concretamente sobre las mujeres privadas de libertad como siervo doliente e ir en los pasos de Monseñor Romero e Ignacio Ellacuría que han escrito sobre la coincidencia del pueblo crucificado y Jesús crucificado con la figura del siervo doliente.[1] A ver si se puede decir que las mujeres privadas de libertad son el siervo doliente hoy en El Salvador para construir una conexión entre la historia actual y la revelación. Es de verificar si en ellas, que forman parte del pueblo crucificado, Cristo toma cuerpo en la historia actual y si ellas, como pueblo crucificado son las que lo incorporan a la historia en cuanto crucificado y de este modo se podrían denominar como siervo doliente.

2.    Las mujeres privadas de libertad como el siervo doliente

Ya la comunidad cristiana primitiva ha vinculado la figura del siervo de Yahvé con Jesús para comprender y dar valor a la muerte de Jesús. Los teólogos latinoamericanos Ignacio Ellacuría y Jon Sobrino han asumido y actualizado esta tarea de historizar los sucesos históricos y desarrollar pensamientos teológicos del siervo. Denominando las mujeres privadas de libertad como pueblo crucificado, considerándolas como continuador de la redención de Jesús, el siervo, es lógico que ahora pueden ser vistas como siervo doliente. Seguramente no se consideraran como siervo doliente, pero Jesús tampoco tenía explicita de ser siervo doliente.

Sobrino describe la realidad salvadoreña como nuevo Gólgota con los pueblos que son siervo doliente – víctima histórica y misterio salvífico. Está claro que las mujeres son víctimas históricas y misterio salvífico: El sufrimiento de ellas ocurre en la historia y es resultado de acciones históricas. Aparte contribuyen a la realización de la salvación en la humanidad.

Pero ¿qué características del siervo doliente encontramos en las mujeres privadas de libertad y vice versa? Cuando leemos los cantos del siervo con los ojos fijos en ellas podemos distinguir versículos que hacen sentir que son siervo, y al mismo lado hay versículos que dejan dudar esto. Es casi obvio que no todo coincide. Pero veámonos a ellas acercándose al siervo de Yahvé y tratando de teologizar las mujeres presas como parte del pueblo crucificado como siervo doliente de Yahvé leyendo y analizando los cantos más intuitivamente que a través de una análisis exegética.

Empezaremos con el primer canto (Is 42,1-7): Leyendo los versículos las mujeres pueden agarrar confianza y autoestima si se identifican con el siervo. Hay la posibilidad que Dios también puede elegir a mujeres reclusas. Desde la fe cristiana es cierto que Dios ama a todos y todas y que se complace con todos y todas. Seguramente para las mujeres es enormemente fuerte saber que Dios les sostiene, les ha elegido, les ha llamado en justicia, les ha puesto su espíritu y se complace en ellas, considerando que ese comportamiento les muestran pocas personas. El canto dice que incluso dictarán ley a las naciones para implantar el derecho – serían agentes de liberación: Son elegidas por Dios para la salvación. Si entendemos realmente que las mujeres son mencionadas aquí, son escandalosamente elegidas por Dios para la salvación. “Escandalosamente” porque puede ofender que las mujeres, siendo presas, tienen una tarea tan importante: La salvación. Hay que destacar que son “luz de las gentes”, ellas, presas en el sistema judicial de El Salvador, tienen la posibilidad de sacar a otros “presos” – los que viven en tinieblas. Es decir, tienen la fuerza de desenmascarar la mentira de la realidad. Ellas tienen la capacidad por ejemplo de hacer ver que la realidad de la justicia en el país está juca. Aunque este descubrimiento es trágico, y no gusta a todos, es necesario, beneficioso y saludable. Da perspectiva para la utopía que será – según Ignacio Ellacuría – la civilización de la pobreza (compartir austeramente recursos de la tierra) y la civilización del trabajo sobre la del capital.[2] Estas dos perspectivas están en contraste con la realidad fea, en la cual sufren las mujeres, en la cual viven pobreza, injusticia y la soberanía del capital – todos factores que probablemente han influido o contribuido que están presas.

El segundo canto (Is 49,1-13) abarca más versículos y retoma algunos aspectos del primer canto, como por ejemplo el de la elección o el de la luz: Otra vez al inicio, pero también luego, es un aliento para el siervo de Yahvé: Dios se recuerda de él desde el vientre de su mamá, le elige y se gloriaré en él como también le escucharé y le asistiré. La pregunta que se hace el siervo, podría provenir de las mujeres – ¿de nosotras, siendo presas, y las heces de la sociedad,[3] realmente se ocupa el Señor? Sabiendo que es así, incluso que pensó hacerle que Israel se una (que en nuestro contexto sería talvez que El Salvador y su gente se una) y darles la tarea de ser luz de las gentes para que la salvación alcanzare “hasta los confines de la tierra”, les da esperanza y fuerza. Especialmente si uno toma en cuenta que el siervo es “aquel cuya vida es despreciada, abominado de las gentes, esclavo de los dominadores”. Esas tres características caben muy bien a las mujeres: Tienen una vida desechada, que nadie quiere, son esclavos del sistema dominador y desgraciadamente también a veces de los custodios u otras presas. ¡Qué perspectiva escuchar que un día otros se pondrán de pie, que tienes alianza con Yahvé y con el pueblo para que todos sean consolados, especialmente los pobres de los cuales él se compadece! Aquí una paréntesis: Al lado de ser siervo doliente, las mujeres también son pobres. Muchas son pobres económicamente, el simple hecho de ser mujer en una sociedad machista, que muchas no terminaron su educación escolar[4] y el hecho de que son presas, sin mucho apoyo, les hace por lo menos triplemente pobre. Pero vamos al tercer canto.

El tercer canto comprende Is 50,4-9 y es más difícil de transferir a las mujeres reclusas: Las características parecen difíciles de transmitir a las mujeres, porque no todas han escuchado el Señor y no todas aguantan humillaciones sin defenderse o vengarse, ni todas se saben acompañadas de Dios. Pero hay un número sorprendente de mujeres que creen mucho en Dios. Para contar de un ejemplo: Hay una señora de 50 años que se levanta en la madrugada para rezar, va a encuentros con otros creyentes y dice que el penal para ella no es un cárcel sino más bien una “universidad del padre celestial”[5] para aprender de vivir cada día mejor. Ella trata de escuchar a Yahvé como los discípulos. Aunque otras le piden de pasar cosas a otros sectores, ella se niega porque se sabe apoyada por Dios. +

El último canto (Is 52,13-53,12) es bien largo, pero con mucho contenido. No hay tanta limitación de comparar al siervo con las mujeres que con el tercer canto. Repita unas características de los capítulos anteriores de Isaías y añade más: El siervo es desfigurado – de cierto modo las mujeres son esto también, unas no lo son por apariencia pero por lo menos por su interior y en el juicio de las mayorías: Son mujeres que no tienen mucha importancia. Además el siervo es descrito como lleno de dolores y ya acostumbrado al sufrimiento – algo que es cierto con las mujeres: Muchas desde pequeño han sufrido, por familias descompuestas, calidad de vida precaria, poca libertad de ser niñas que tienen la libertad de jugar y desarrollarse tranquilamente etc. El siervo también es despreciado y desestimado de los hombres: Todo le han quitado, hasta la dignidad. ¡Qué verdadero! Esto viven las mujeres presas – desprecio hasta robo de su dignidad – solo piensa en las circunstancias que tienen para dormir (tres mujeres en el suelo abajo del camarote, dos o tres en el primer colchón de la litera, dos o tres en el segundo y así siguiendo. Aparte el siervo no es tomado en cuenta, oprimido, herido, molido, y pocos se preocupan por él. También aspectos que sufren las mujeres: Solamente piensa en la dificultad de que familiares o amigos se preocupen por las presas si viven lejos del cárcel, si no tienen por el pasaje, si es complicado de salir del barrio y entrar al penal y si cuesta un montón tratar de hacer esto durante años. El siervo se humillaba y no abría la boca, como cordero llevado al matadero. Así lo hacen algunas mujeres: Callarse en la esperanza que eso les ayude en su proceso. Aparte se lo llevaron sin defensa, sin justicia. Es inocente, no hubo engaño en su boca ni había cometido crímenes. Esto pasa muchas veces en El Salvador, cuando capturan a jóvenes, mujeres, hombres, solamente por sospecha. Por ejemplo hay un joven de las Palmas, un área marginal en la Colonia San Benito que han capturado y agarrado 72 horas por hablar en la Cancha del barrio que era razón por la acusación de “agrupamiento ilícito” aunque no tenía nada que ver con la pandilla del barrio.[6] Incluso podríamos ampliar esto a más mujeres todavía: ¿Qué han hecho las mujeres que nacían en circunstancias que favorecían una trayectoria “ilegal”? A pesar de todo esto, o sea: Por todo esto los demás han sido curados, porque el siervo llevó el pecado de muchos, y finalmente también el verá luz y se saciará, “será enaltecido, levantado y ensalzado de sobremanera”. En el caso de las mujeres cargan todo el peso del pecado estructural de nuestro mundo actual (p.e. del sistema económico) y de todos nosotros – todos erramos, pero no todos terminamos encarcelados. Ellas cargan entre otro los pecados de sus opresores. Este pecado del mundo ya dio muerte a Jesús y sigue dando muerte al pueblo crucificado. Sigue dando sufrimiento a las mujeres presas. Lo feo es que de los contemporáneos pocos se preocupan. Muchos no quieren ocuparse de personas marginales como las mujeres privadas de libertad. Pero afortunadamente no se quedaran en este estado: Afirman que hay un inmenso pecado y consecuentemente exigen conversión. Solamente vean su realidad y su sufrimiento y se pregunten ¿Qué he hecho yo para crucificarlas? ¿Qué hago para que lo descrucifiquen? Y ¿Qué debo hacer para que las mujeres resuciten?[7] Así tienen doble vertiente: Son víctimas del pecado del mundo pero también aportaran a la salvación del mundo. Hay esperanza hacia el futuro por Yahvé de la cual tendrían que ser llenadas, porque él respalda el sufrimiento y va a terminar dando victoria a quien aparentemente está derrotado. De tal forma el dolor no es en vano.[8]

“Esto es la realidad del pueblo crucificado. Es la realidad de “pueblos”, no sólo de individuos”.[9] Es la realidad de los pueblos sufrientes de las cuales las mujeres son expresión y consecuencia. Se asemejan al siervo y con esto también al Jesús crucificado. Sobrino todavía va más allá: “Al nivel del hecho básico de morir crucificado no se puede dudar de que estos pueblos son los que siguen completando en su carne lo que falta a la pasión de Cristo”.[10] Son portadoras de la “soteriología histórica”. Aparte las mujeres, el pueblo crucificado ayudan a entender que Jesús crucificado coincide con la figura del siervo doliente.

3. Conclusiones y puntos abiertos

Cierto que en algunos aspectos la comparación entre Jesús crucificado, las mujeres presas y el siervo doliente de Yahvé es un poco tosca y rebuscada – por ejemplo no se pudo paralelizar la persecución de las mujeres con el hecho que el siervo es matado por instaurar el derecho y la justicia, o que el siervo parece asumir el sufrimiento por saberse elegido, pero las mujeres muchas veces están presas “sin voluntad”, incluso cargando los pecados inconscientemente. Además el tema de la culpabilidad y de la lucha por la justicia producen dificultades: El pueblo crucificado es inocente y muchas veces sufre la persecución por la lucha por la justicia. Por el contrario, las mujeres presas por lo general no son inocentes y no han luchado por la justicia según los valores vigentes.

Pero aunque hay dificultades valió la pena. Queda claro que la salvación consiste en el advenimiento del reino de Dios que se empieza a instalarse por conversión. Se creó la conciencia que las mujeres tienen potencial a empujar conversión. Son, como Jesús, piedra de tropiezo y roca de escándalo y sufren, entre otros, por nuestros pecados. Consecuencia de una fe en Cristo son acciones que transforman la realidad – como sus acciones en su vida transformaron la realidad de aquel entonces, tratando de instalar los valores del reino de Dios. De tal forma sería deseable que las mujeres, motivadas por la fe, se organicen, para luchar por sus derechos, por condiciones mejores, para luchar por cambios no solamente en ellos sino en El Salvador (para que ni entren tantas en los penales). Así tendrían todo el derecho de vestir las camisas “YO cambio”.[11] Pero no solamente las mujeres tendrían que tomar consecuencias para la realización del reino de Dios, sino también la Iglesia: Se necesita una Iglesia que busca dónde y cómo realizar la acción salvífica de Jesús y que busca de proseguirla en la historia. Trabajando con las mujeres seguramente se puede conseguir algo. Hay que hallar los que siguen realizando en la historia lo que fue la vida y la muerte de Jesús. De tal forma la Iglesia será sacramento de salvación, mostrando que la historia de Jesús no termina con la cruz, sino con la resurrección.[12]

Este artículo era un intento de ver a las mujeres privadas de libertad como parte del pueblo crucificado que tiene coincidencia con Jesús crucificado y con el siervo doliente de Yahvé. Aparte de esta visión, se podría hacer el intento de verles como “pueblo mártir”, considerando que a lo largo de la historia las diversas formulaciones del martirio han estado condicionadas por lo concreto de las diferentes realidades.[13] Sería interesante si valdrá la pena de identificarles como este, o si hay demasiadas dificultades por hacer un paso demasiado fuerte.

Terminemos esta reflexión con el pensamiento que siempre habrá que buscar la Galilea de hoy, dónde se encuentra al Jesús histórico y dónde se lo encuentra como liberador.

 


Bibliografía

Biblia de Jerusalén. Bilbao 1981.

Biblia Latinoamericana. Madrid 2004.

Cardenal, Rodolfo; Martín-Baró, Ignacio; Sobrino, Jon: La voz de los sin voz. La palabra viva de Monseñor Oscar Arnulfo Romero. San Salvador 1980.

Ellacuría, Ignacio: El desafío de las mayorías pobres. En: ECA 493-494 (1989), 1075-1080.

Ellacuría, Ignacio: El pueblo crucificado. Ensayo de soteriología histórica, en: Sobrino, Jon; Ellacuría, Ignacio (Ed.): Mysterium liberacionis II. Madrid 1990, 189-216.

Ellacuría, Ignacio: El reino de Dios y el paro en el tercer mundo. En: Ibid.: Escritos teológicos II. San Salvador 2000, 295-305.

Ellacuría, Ignacio: Las Iglesias latinoamericanas interpelan a la Iglesia de España. En: Ibid: Escritos teológicos II. San Salvador 2000, 589-602.

Sobrino, Jon: Jesucristo liberador. San Salvador 2013.

Sobrino, Jon: La fe en Jesucristo. Ensayo desde las víctimas. San Salvador 1999.

Alvarado, Jimmy; Valencia Caravantes, Daniel: La región de los que huyen. En: El faro, publicado el 17.08.2014. Disponible en: http://www.salanegra.elfaro.net/es/201408/cronicas/15827/La-regi%C3%B3n-de-los-que-huyen.htm (27.11.2014)

Martínez, Carlos: A las mujeres, del sistema penitenciario… con amor. Publicando en: El faro, publicado el 14.03.2010. Disponible en: http://www.elfaro.net/es/201003/noticias/1353/ (25.11.2014).

Morán, Gloria: Cárcel, mujeres y niños inocentes. En: Contrapunto, publicado el 12.04.2013. Disponible en: http://www.contrapunto.com.sv/sociedad-civil/carcel-mujeres-y-ninos-inocentes (26.11.2014).

Morán, Gloria: “Yo cambio”, dicen los reos. En: Contrapunto, publicado el 18.11.2012. Disponible en: http://www.contrapunto.com.sv/violencia/yo-cambio-dicen-los-reos (28.11.2014).

Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos: Informe especial sobre la situación de los Derechos Humanos de las mujeres privadas de libertad y las niñas y niños que viven con sus madres en los centros penales de El Salvador. San Salvador 2009. Disponible en: http://observatoriovihycarceles.org/es/vih/vih-todos-los-documentos-menu.raw?task=download&fid=85 (25.11.2014).

Ramírez, Sigfredo: Mujeres invisibles. En: La Prensa Gráfica, publicado el 04.03.2012. Disponible en: http://www.laprensagrafica.com/revistas/septimo-sentido/251680-mujeres-invisibles.html (26.11.2014).

[1] Cfr. Sobrino: Jesucristo liberador, 425.

[2] Cfr. Ellacuría, Ignacio: El reino de Dios y el paro en el tercer mundo. En: Ibid.: Escritos teológicos II. San Salvador 2000, 295-305 e Ibid: El desafío de las mayorías pobres. En: ECA 493-494 (1989), 1075-1080.

[3] Cfr. esa noción de Ellacuría en: Sobrino: Jesucristo liberador, 435.

[4] El viernes, 28.11.2014 varias mujeres se incorporaron más tarde en el Taller “Prevención de la violencia basada en género – VIH/ITS” con la Fundación Salvadoreña para la lucha contra el Sida, María Lorena “Contrasida” por haber estado en la graduación de la Escuela en el Penal para mujeres en Ilopango. Terminaron su segundo grado.

[5] Con ella hablé el viernes, 28.11.2014 durante la visita semanal al Penal de mujeres en Ilopango.

[6] Fuente es la conversación con Andrea McLeod el 27.11.2014, una joven salvadoreña que trabaja con los jóvenes de Las Palmas a través de malabares en el grupo VacilArte (cfr. p.e. artículo en equilibrium: http://www.periodicoequilibrium.com/francisco-bosch-queremos-ganarle-la-lucha-a-las-malas-noticias/). Otro ejemplo menos actual es lo del muchacho Alvin Alexánder Carreño Méndez. También fue capturado injustamente (artículo en el blog http://www.elblog.com/noticias/registro-13726.html).

[7] Ellacuría, Ignacio: Las Iglesias latinoamericanas interpelan a la Iglesia de España. En: Ibid: Escritos teológicos II. San Salvador 2000, 602.

[8] Cfr. Ellacuría: El pueblo crucificado, 206.

[9] Sobrino: Jesucristo liberador, 429.

[10] Sobrino: Jesucristo liberador, 429.

[11] Cfr. Morán, Gloria: “Yo cambio”, dicen los reos. En: Contrapunto, publicado el 18.11.2012. Disponible en: http://www.contrapunto.com.sv/violencia/yo-cambio-dicen-los-reos (28.11.2014).

[12] Cfr. Ellacuría: El pueblo crucificado, 215.

[13] Cfr. Sobrino: Jesucristo liberador, 442.

Mujeres privadas de libertad como parte del pueblo crucificado

Por: Claudia Schmölz

1.    Introducción

Pensando en las dos grandes fechas del cristianismo, tanto la Navidad que acabamos de celebrar como la Pascua y en lo que significan, se puede opinar que son escándalos: El nacimiento de Jesús como escándalo – nace como Hijo de Dios en el pesebre, toda la vida y las acciones de Jesús como escándalo – rompió con los esquemas, su muerte y su cruz un escándalo ­– es una muerte brutal e injusta que sufrió hace más de 2000 años.

Hoy, hay otros escándalos que gritan hacia el cielo. Cada día uno se encuentra con muchas noticias escandalosas si abre el periódico – unas más que otras. En El Salvador, no pasa ni un día sin noticias tremendas como delitos de extorsión o muertos. Lo que muchas veces no se le da seguimiento, es lo que pasa después con las víctimas y con los cometedores. Una realidad es que muchos son presos bajo circunstancias malas. Las condiciones de las mujeres privadas de libertad en el Centro Penal de Ilopango ilustran que son precarias: La unidad tiene espacio para 400 mujeres y hay unas 2900 internas en el penal. Semejante es con los niños: “El sitio tiene capacidad para albergar entre 25 y 30”[1] y hay 93 infantes. Este simple hecho de sobrepoblación ya merece la denominación de “escándalo”. Es obvio, que esas mujeres privadas de libertad soportan condiciones precarias: “abarrotadas hasta las paredes, en condiciones que harían padecer a un animal, sin la más mínima posibilidad de rehabilitación o reinserción.”[2]

¿Para qué describimos esto? ¿Qué tiene que ver el escándalo del nacimiento, la vida y la muerte de Jesús con la vida de esas mujeres presas?

Ahí está la gran tarea que dejó Jesús a sus seguidores y que destaca la teología latinoamericana: Vincular la historia que vivimos con la historia de la revelación. Los teólogos y padres jesuitas Ignacio Ellacuría y Jon Sobrino, ambos partiendo de la realidad salvadoreña, desarrollaban teológicamente esta relación entre “nuestra historia”, es decir la situación histórica de cada momento y la revelación. Ellacuría dice que “cualquier situación histórica debe verse desde su correspondiente clave en la revelación, pero la revelación debe enfocarse desde la historia a la que se dirige, aunque no cualquier momento histórico es igualmente válido para la rectitud del enfoque.”[3] Introducen el “pueblo crucificado” como realidad teologal e identifican su crucifixión como continuación histórica de la crucifixión de Jesús. También crea una conexión soteriológica: La salvación que se da en Jesús tiene que realizarse en la humanidad.

En este artículo queremos ver, si las mujeres privadas de libertad son parte de la humanidad históricamente oprimida que sea la continuadora por antonomasia de la obra salvífica de Jesús, y si son salvadores y liberadores (en lugar de que requieran ser salvadas). Queremos reflexionar sobre ellas como parte del pueblo crucificado, porque es necesario hablar de ellas como realidad teologal porque es una realidad tremenda. Presuponemos que son la actual presencia de Cristo crucificado en la historia – como talvez Monseñor Romero les diría hoy.[4]

2.    El pueblo crucificado

El pueblo crucificado es una categoría bien propia de Ignacio Ellacuría. Es “aquella colectividad que, siendo la mayoría de la humanidad, debe su situación de crucifixión a un ordenamiento social promovido y sostenido por una minoría que ejerce su dominio en función de un conjunto de factores, los cuales, como tal conjunto y dada su concreta efectividad histórica, deben estimarse como pecado”.[5] Vamos a ver primero la importancia teológica de la cruz en la historia de salvación, segundo vemos la pasión de Jesús desde las mujeres privadas de libertad y el sufrimiento de ellas desde la pasión de Jesús. Luego analicemos las mujeres privadas de libertad como siervo doliente.

2.1 Importancia teológica de la cruz en la historia de salvación

Antes de todo, hay que decir que cruz significa muerte. La cruz de Jesús significó muerte. La cruz que carga el pueblo también significa en muchos casos muerte. Es decir, la cruz describe un escándalo. Es horrible. Permite ver el pecado del mundo. Permite ver que por pecado hay sufrimiento y cruz. Al mismo tiempo la cruz, o sea la crucifixión permite de resucitar. O sea: El Crucificado solamente resucita por haber sido crucificado. Él es elegido para traer salvación. Es decir la resurrección remita a la crucifixión y a la pasión como la pasión remita a la vida de Jesús como anunciador del reino y salvador.

Es más común relacionar la cruz de Jesús con sufrimientos individuales que con el cuerpo como tal que Cristo hace presente en historia. Además muchas veces se entiende como masoquismo expiatorio de índole espiritualista y se instrumentaliza. Aquí en El Salvador se escuchan por ejemplo comentarios de esposas de alcohólicos diciendo que esto es la cruz que Dios les puso y siguen soportando mucho. Es un ejemplo del enfoque ascético y moralista de la cruz cristiana que se daba y sigue dándose muchas veces. Tendemos a espiritualizar e ideologizar la cruz y la salvación. Desvirtuamos la importancia histórica de la cruz.

Pero la cruz de Jesús no es un incidente o un misterio puntual. Hay que evitar esa deshistorización de la cruz y la salvación de la humanidad, porque Jesús vino a anunciar el reino de Dios y la salvación, que se realizan ya y de manera que el destino individual y el destino político del hombre van juntos. De tal modo la cruz forma parte de la revelación que hay que relacionar con la historia correspondiente.

En+ El Salvador no sólo hay cruces individuales – aunque hay muchos, conociendo cada día más a personas e historias individuales – sino colectivas, las de pueblos enteros. Esto no es algo ajeno a la Escritura, sino originario: La salvación está ofrecida primariamente al pueblo y en el pueblo. Las mujeres privadas de libertad son un colectivo que sufre y que carga una cruz. Aunque no es fácil de determinar quién es hoy el pueblo crucificado y elegido para traer salvación,[6] ahora hacemos el intento de vincular la cruz de las mujeres presas con la cruz de Jesús, porque “una fe al margen de la historia, una fe al margen de los acontecimientos históricos tanto en la vida de Jesús como en la vida de la humanidad”[7] no sería una fe cristiana. Teniendo en mente que para la teología latinoamericana es importante de relacionar las situaciones históricas con la revelación y que tanto la cruz como la salvación no se pueden ver desligadas de la historia, veremos ahora la pasión de Jesús desde las mujeres privadas de libertad y el sufrimiento de ellas desde la pasión de Jesús.

2.2 La pasión de Jesús vista desde las mujeres privadas de libertad y el sufrimiento de las mujeres privadas de libertad visto desde la pasión de Jesús

Los dos hechos, la pasión de Jesús y el sufrimiento de las mujeres, son hechos históricos y resultado de acciones históricas y como tales históricamente necesarios, pero no meramente naturales. Aclaran una realidad profunda y abren un campo de transformación.

La pasión y muerte de Jesús son históricas y eran necesarias. Ocurrió por razones históricas y por el hecho que buscó el anuncio del reino de Dios (concreto, no abstracto o transterreno). Con esto Jesús era amenaza contra el orden social establecido y oposición del mundo.[8] Pero su vida y sus acciones le dan sentido a su muerte y solo en consecuencia su muerte ha recibido el sentido inicial de la vida.

Viendo esa muerte desde la perspectiva de las mujeres privadas de libertad, puede dar mucha esperanza. Primero existe este aspecto que las mujeres pueden identificarse con el sufrimiento de Jesús. Lo más importante parece que la cruz era necesaria para resucitar, para realizar salvación. El saber que la salvación se tiene que realizar en la humanidad ojalá lleva a un repensar, a una reorientación, a una conversión y un compromiso que tiene capacidad de transformar. Es el compromiso histórico para continuar la vida y muerte de Jesús, en la historia.

El sufrimiento de las mujeres presas también es histórico.[9] Son ilustración que el reino del pecado sigue crucificando grandes partes de la humanidad. Este reino del pecado obliga a la historización de la muerte de Jesús.[10] La colectividad se puede ver como continuación histórica de la vida y la muerte de Jesús. Analogizando se nota, que la opresión del pueblo crucificado, que el sufrimiento de las mujeres en particular viene también de una necesidad histórica: “la necesidad de que muchos sufran para que unos pocos gocen, de que muchos sean desposeídos para que unos pocos posean”,[11] la necesidad de que muchas estén presas para que unos sean libres, disfrutando todo lo que no pueden tener todos. Es decir hay un pueblo crucificado por acciones históricas – acciones que no solamente cometieron ellas, talvez cometieron un delito (¿cuántas mujeres estarán presas injustamente?), sino acciones que las llevan a actuar de cierto modo. La realidad es compleja. Las circunstancias influyen. El contexto, la “familia”, el barrio, la educación – en breve: todo influye.[12] No obstante, viendo su sufrimiento y viéndolo desde la perspectiva de la pasión de Cristo, se puede llegar a la convicción que ellas son salvadoras porque son la continuación histórica de la vida y la muerte de Jesús. Presuponemos que no son malas desde un origen, sino que el sistema y las estructuras pecaminosas les han hecho actuar de tal forma que les capturaron. Muchas contradijeron el sistema y el orden establecido con sus actos, porque no coincidieron con las normas establecidas. De tal forma eran una amenaza y oposición del mundo. Pero su ser, sus deseos de vivir libre de alguna forma dan sentido a su sufrimiento. Abren los ojos ante la realidad con sus problemas estructurales y el pecado y concientizan. Llaman a la conversión de cada uno que tengan un corazón de carne y a la transformación del mundo. Exigen un compromiso.[13]

En síntesis: Se da un gran enriquecimiento si se ve cualquier situación histórica – en nuestro caso, la situación de las mujeres privadas de libertad – desde su correspondiente clave en la revelación, legado del método teológico de la teología latinoamericana. De cierto modo ellas son la presencia de Cristo crucificado en la historia.

2.3 Las mujeres privadas de libertad como el siervo doliente

Podemos vincular las mujeres no solamente con Jesús crucificado, sino también con la figura del siervo de Yahvé, como la comunidad cristiana primitiva lo ha hecho con Jesús para comprender y dar valor a la muerte de Jesús. Se vio que el triunfo de Jesús, el mesías tiene que pasar por el dolor y el sufrimiento. Es decir: Las comunidades primitivas han historizado los sucesos históricos narrados en los evangelios y desarrollado sus pensamientos teológicos del siervo. Esta tarea también Ignacio Ellacuría y Jon Sobrino han asumido y actualizado. Siendo continuador de la redención de Jesús, el siervo, es lógico que ahora el pueblo crucificado, en especial, las mujeres privadas de libertad pueden ser vistas como siervo doliente.

Cuando leemos los cantos del siervo con los ojos fijos en ellas podemos distinguir versículos que hacen sentir que son siervo, y al mismo lado hay versículos que dejan dudar esto. Es casi obvio que no todo coincide. Pero se pueden acercar las mujeres privadas de libertad al siervo de Yahvé leyendo y analizando los cantos más intuitivamente que a través de una análisis exegética que por cuestiones de extensión no haremos en este momento (pero en la semana que viene?).

“Esto es la realidad del pueblo crucificado. Es la realidad de “pueblos”, no sólo de individuos”.[14] Es la realidad de los pueblos sufrientes de las cuales las mujeres son expresión y consecuencia. Se asemejan al siervo y con esto también al Jesús crucificado. Sobrino todavía va más allá: “Al nivel del hecho básico de morir crucificado no se puede dudar de que estos pueblos son los que siguen completando en su carne lo que falta a la pasión de Cristo”.[15] Son portadoras de la “soteriología histórica”. Aparte las mujeres, el pueblo crucificado ayudan a entender que Jesús crucificado coincide con la figura del siervo doliente.

3. Conclusiones

Realmente ha sido un esfuerzo de dejar hablar la realidad, que toca a uno viviendo en El Salvador, por tener ideas ya preformadas, por tener prejuicios y por tener cierto concepto de categorías como lo del pueblo crucificado o de la forma de ser Iglesia. Hemos tratado de dejar hablar un escándalo actual: Las mujeres presas vistas como salvadoras porque pueden aportar nuevas luces y sin duda, es enriquecedor verles como presencia de Cristo crucificado en nuestra historia.

Valió la pena a pesar de dificultades. Queda claro que la salvación consiste en el advenimiento del reino de Dios que se empieza a instalarse por conversión. Se creó la conciencia que las mujeres tienen potencial a empujar conversión. Son, como Jesús, piedra de tropiezo y roca de escándalo y sufren, entre otros, por nuestros pecados. De tal forma se ve que la profunda unidad entre la muerte de Jesús y la crucifixión del pueblo no es la celebración eucarística, sino la continuación histórica que siga realizando lo que el realizó y como él lo realizó. Es decir: La Iglesia como continuadora de la obra de Jesús debe entenderse a sí misma como Iglesia del pueblo crucificado, como Iglesia de las mujeres presas. Siento que un concepto así es necesario, especialmente si uno toma en cuenta que las iglesias carismáticas muestran una gran presencia en los penales. Habrá que tratar de no anunciar una fe espiritualizada que consuela hacia una salvación personal y futura porque no sirve una religión que es “opio del pueblo”. Claro, que las mujeres reclusas se sienten mejor con una fe así y seguramente les ayuda mucho, pero creo que Jesús no quería una fe, que “solamente” es espiritualizada, transformando el interior. Motivó a creer en Dios que quiere que vivamos en abundancia. Y ello ya en nuestro mundo. Es decir: Consecuencia de una fe en Cristo son acciones que transforman la realidad – como sus acciones en su vida transformaron la realidad de aquel entonces, tratando de instalar los valores del reino de Dios. De tal forma sería deseable que las mujeres, motivadas por la fe, se organicen, para luchar por sus derechos, por condiciones mejores, para luchar por cambios no solamente en ellos sino en El Salvador (para que ni entren tantas en los penales). Así tendrían todo el derecho de vestir las camisas “YO cambio”.[16] Pero no solamente las mujeres tendrían que tomar consecuencias para la realización del reino de Dios, sino también la Iglesia: Se necesita una Iglesia que busca dónde y cómo realizar la acción salvífica de Jesús y que busca de proseguirla en la historia. Trabajando con las mujeres seguramente se puede conseguir algo. Hay que hallar los que siguen realizando en la historia lo que fue la vida y la muerte de Jesús. De tal forma la Iglesia será sacramento de salvación, mostrando que la historia de Jesús no termina con la cruz, sino con la resurrección.[17]

Terminemos esta reflexión con el pensamiento que siempre habrá que buscar la Galilea de hoy, dónde se encuentra al Jesús histórico y dónde se lo encuentra como liberador.


Bibliografía

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[1] Morán, Gloria: Cárcel, mujeres y niños inocentes. En: Contrapunto, publicado el 12.04.2013. Disponible en: http://www.contrapunto.com.sv/sociedad-civil/carcel-mujeres-y-ninos-inocentes (26.11.2014). Cfr. también: Ramírez, Sigfredo: Mujeres invisibles. En: La Prensa Gráfica, publicado el 04.03.2012. Disponible en: http://www.laprensagrafica.com/revistas/septimo-sentido/251680-mujeres-invisibles.html (26.11.2014). Cfr. además conversaciones con los custodios del Centro Penal para mujeres de Ilopango.

[2] Martínez, Carlos: A las mujeres, del sistema penitenciario… con amor. Publicando en: El faro, publicado el 14.03.2010. Disponible en: http://www.elfaro.net/es/201003/noticias/1353/ (25.11.2014). Cfr. también: Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos: Informe especial sobre la situación de los Derechos Humanos de las mujeres privadas de libertad y las niñas y niños que viven con sus madres en los centros penales de El Salvador. San Salvador 2009. Disponible en: http://observatoriovihycarceles.org/es/vih/vih-todos-los-documentos-menu.raw?task=download&fid=85 (25.11.2014).

[3] Ellacuría, Ignacio: El pueblo crucificado. Ensayo de soteriología histórica, en: Sobrino, Jon; Ellacuría, Ignacio (Ed.): Mysterium liberacionis II. Madrid 1990, 190.

[4] Cfr. Cardenal, Rodolfo; Martín-Baró, Ignacio; Sobrino, Jon: La voz de los sin voz. La palabra viva de Monseñor Oscar Arnulfo Romero. San Salvador 1980, 208.

[5] Ellacuría: El pueblo crucificado, 201.

[6] Cfr. Sobrino, Jon: Jesucristo liberador. Lectura histórica-teológica de Jesús de Nazaret. San Salvador 2013, 423; Ibid.: Jesucristo liberador, 432; Ellacuría: El pueblo crucificado, 194.

[7] Ellacuría: El pueblo crucificado, 195.

[8] Cfr. Ellacuría: Por qué muere Jesús., 88.

[9] Solo basta con informarse sobre su situación en las fuentes mencionadas en la introducción, experiencias y conversaciones durante las visitas semanales por el Taller “Prevención de la violencia basada en género – VIH/ITS” a través de la Fundación Salvadoreña para la lucha contra el Sida, María Lorena “Contrasida” en el Centro Penal de las mujeres en Ilopango.

[10] Cfr. Ellacuría: El pueblo crucificado, 194.

[11] Ellacuría: El pueblo crucificado, 203.

[12] Ahí solo un ejemplo: Una chica en la cual se enamora un pandillero casi no tiene de otra que andar con él. Al inicio ni lo va a sentir muy mal porque talvez la respeta. Pero las cosas cambian. Especialmente si es capturado. En este caso muchas veces las mujeres son presionadas de visitar a las cárceles y llevar cosas ilícitas hasta que un día las descubren y ellas mismas son presas. Cfr. Alvarado, Jimmy; Valencia Caravantes, Daniel: La región de los que huyen. En: El faro, publicado el 17.08.2014. Disponible en: http://www.salanegra.elfaro.net/es/201408/cronicas/15827/La-regi%C3%B3n-de-los-que-huyen.htm (27.11.2014) y las historias que cuentan las mujeres del penal. Una conto por ejemplo que no comió casi 2 días antes, para después comerse mucho con capsulas de marihuana para después vomitarlo en el cuarto que le daban por la visita íntima.

[13] Cfr. Sobrino: Jesucristo liberador, 436.

[14] Sobrino: Jesucristo liberador, 429.

[15] Sobrino: Jesucristo liberador, 429.

[16] Cfr. Morán, Gloria: “Yo cambio”, dicen los reos. En: Contrapunto, publicado el 18.11.2012. Disponible en: http://www.contrapunto.com.sv/violencia/yo-cambio-dicen-los-reos (28.11.2014).

[17] Cfr. Ellacuría: El pueblo crucificado, 215.

¿Quién puede salvar a El Salvador? Una reflexión socioteológica acerca de la situación de violencia en El Salvador

Por: Benjamin Schwab

Al inicio del año 2015, a los 25 años del asesinato de los mártires de la UCA y a los casi 35 años del martirio de Monseñor Romero, el país más pequeño de Centroamérica se sigue desangrando. En el año 2014 la sangre de casi de 4,000 salvadoreños tiñó de rojo las quebradas de Sonsonate y la Libertad, los cañaverales de La Paz, los cafetales de Chalatenango y los pasajes oscuros del Área Metropolitana. En cada esquina una madre que clama por su hijo, en cada vela diez hermanos llorando por uno de los suyos.

En el 2014 el Instituto de Medicina Legal registró un promedio de once homicidios por día. Cada día once más. Esto significa un aumento de más del 50% comparado con el año anterior. Según UNICEF El Salvador es además el país con más niños y adolescentes asesinados en todo el mundo. ¿Que record mundial puede más espantoso? Aquel “Salvador”, cuyo nombre lleva orgullosamente el país parece haber abandonado en fuga el territorio nacional. Sólo Dios sabe dónde se metió.

¿Una tragedia sin salida?

Esto que está ocurriendo en El Salvador cada día es una tragedia, una masacre permanente. Para cualquier ser humano y sobre todo para nosotros, los cristianos, que pretendemos seguir a un hombre quien predicó la vida en abundancia (Jn 10,10), esta realidad de muerte es desoladora. Sin embargo, encontrar una salida a esta no es sencillo, menos encontrar una salida cristiana. Si en algo están de acuerdo todos los salvadoreños es en que hay que hacer algo.

En lo que las opiniones difieren, y esto a lo largo de la historia, es en la manera de solucionar los problemas que enfrenta el país. Mientras que unos exigen la sangre de todo pandillero, otros se agarran a promesas y programas políticos como de alguna manera lo fue en su tiempo la “tregua entre pandillas”[1]. Otros se callan, se refugian en sus casas, en iglesias, en residenciales y quieren cerrar ojos y oídos ante tanta muerte.

Todas estas reacciones son perfectamente entendibles y profundamente humanas. ¿Quién, en un primer momento, no quiere ver muerto al que le quitó la vida al hijo, al hermano, la hermana? ¿Quién no quisiera confiar en políticos que se empeñen en negociar soluciones? ¿Quién no quisiera desaparecer, no ver, no oír, no sentir en un ambiente de tanta violencia?

Como dijimos, todos estos sentimientos son válidos, pero ninguno lleva a una solución. Además muchas de las prácticas que implican las opciones mencionadas son contrarias a un étos cristiano.

Es un hecho indudable que las políticas represivas en contra de las pandillas, como por ejemplo las detenciones y la represión masivas casi al azar en barrios marginales, terminaron en un aumento terrible de la violencia en El Salvador entre el 2004 y 2009. Aparte de, efectivamente, castigar a delincuentes, esa política llenó las cárceles del país también de jóvenes inocentes cuyo único crimen ha sido nacer en una zona marginal luchando día tras día por no caer en las garras de las pandillas.

Una “tregua”, por el otro lado, por definición no es solución para un conflicto y nunca lo pretendió ser en este sentido estricto. Según la Real Academia Española la palabra “tregua” significa la “suspensión de armas” por un “determinado tiempo”, una “intermisión”, un “descanso”. Las cifras oficiales muestran que la así llamada “tregua entre pandillas” que duró de marzo del año 2012 hasta inicios del 2014 de hecho logró reducir significativamente los homicidios en el país. Sin embargo, una tregua nunca puede ser una solución ya que no ataca los problemas que están en el fondo del conflicto que son de carácter estructural y social.

Que la tercera postura no es solución, pues, es más que obvio. Cada niño sabe que cerrando los ojos el bus que lo está por atropellar al cruzar la calle no desaparece, que ignorando las noticias los hermanos no dejan de morir. Es más, quien calla no es partícipe, no es sujeto. Quien no actúa deja que otros actúen sobre él o ella.

Mientras que las dos primeras perspectivas (una política represiva y el apoyo a la tregua) se encuentran a lo largo y ancho del espectro social de la sociedad, el cerrar los ojos ante la realidad es un fenómeno que se observa más en las clases media y alta, siendo casi imposible para personas que viven en las zonas marginales sacudidas por la violencia tomar esta postura.

Un problema social

Hay que dejar claro aquí que las pandillas, no son para nada los únicos causantes de las muertes en El Salvador. Aunque no se puede negar el daño terrible que el problema pandilleril causa a la sociedad salvadoreña, se le une el narcotráfico, repentinos crímenes medioambientales, conflictos entre familiares y vecinos y uno de los más altos niveles de feminicidios en el mundo que en su conjunto desde hace años nos hace hablar de una cultura de la violencia en el país.

Se ve que el problema va más allá de las pandillas y por tanto una solución no puede agotarse en ellas. No se necesita de mucha perspicacia para comprender que un conflicto que abarca toda la sociedad no se puede solucionar sin la participación activa de toda esa sociedad misma. Para generar soluciones a largo plazo, y esto nos ha enseñado la “tregua entre pandillas”, un diálogo abierto y trasparente en el cual participen todos los sectores de la sociedad es imprescindible y, más aún, posible.

Cuando hablamos de todos los sectores insistimos en que sean todos: representantes del Estado, la empresa privada, la PNC, las fuerzas armadas, la sociedad civil con su abanico de organizaciones (organizaciones de juventudes, de mujeres, de ancianos, sindicatos, las iglesias etc.) y dentro de este también las pandillas.

Es un atrevimiento, casi un sacrilegio para una gran mayoría en El Salvador considerar a las pandillas parte de la sociedad civil. Incluso los pandilleros mismos hacen una distinción entre ellos, los policías y los ‘civiles’. Cualquier intento de incluir a pandilleros en el proceso de pacificación es descartado inmediatamente por una gran parte de la población, por un miedo y una rabia que son entendibles, y resuenan en los medios bajo la etiqueta de “pactar con criminales”.

Hagamos un breve paréntesis. Siendo realistas debemos reconocer que la división de la sociedad salvadoreña no es tan sencilla como teniendo a la sociedad civil por un lado y a las pandillas por otro. Es un hecho que los aproximadamente 60,000 pandilleros que hay en El Salvador[2] tienen familiares, padres, hijos, hermanos, primos y tíos quienes no son miembros de ninguna pandilla ni apoyan su causa espantosa. La cantidad de personas en el país quienes están relacionadas directa o indirectamente con pandilleros es entonces un múltiplo del número de miembros de las pandillas y representa una porción significativa de la población. Según el diario ‘La Prensa Gráfica’ son “470,264 [las] personas (casi medio millón) [que] tienen algún vínculo o relación con miembros de pandillas”, basándose en un estudio del Ministerio de Justcia y Seguridad Pública del año 2012.[3] Por tanto hay que entender los pandilleros como profundamente insertos en relaciones, por cierto muchas veces conflictivas, dentro de la sociedad civil.

En cuanto a “pactar con criminales” tendemos a olvidar que los pandilleros no son los únicos criminales en El Salvador y que muchos de los que toman decisiones a nivel nacional e internacional, algunos incluso democráticamente electos, constantemente delinquen contra la humanidad causando hambre, injusticias y muerte. Con ellos, líderes partidarios, empresarios, representantes de organismos internacionales, no obstante, pactamos todos los días, comenzando por el momento en que los defendemos en vez de denunciarlos.

Queremos dejar claro que de ninguna manera se trata aquí de relativizar o justificar la ola de violencia, en gran parte relacionada con el problema de las pandillas, que está sacudiendo al país. Al contrario, cada acto de violencia, cada homicidio que se comete, sea por un pandillero o no, debe ser investigado y condenado según la legislación correspondiente. Para garantizar procesos justos y trasparentes, eso sí, serán inevitables reformas profundas del sistema penitenciario.

De lo que sí se trata es de ver al fondo del problema, de preguntar por su causa. ¿Por qué hay tantos jóvenes en El Salvador que terminan metiéndose a las pandillas? ¿Cómo podemos rehabilitar y reinsertar a ex-mareros en la sociedad? ¿Qué perspectivas y oportunidades podemos crear con y para todos los jóvenes de hoy, la sociedad de mañana?

Estas preguntas, muy aparte de ser razonables y políticamente convenientes y necesarias, están muy en el fondo de una respuesta cristiana a la situación de violencia que enfrenta el país actualmente. Es obvio y además bien estudiado que el fenómeno de las pandillas no es simplemente una forma de delincuencia común, sino que es expresión de un profundo problema social que incluye cuestiones de violencia intrafamiliar, abandono por parte de las autoridades y estigmatización de una gran parte de la población que vive en barrios marginales.

Praxis cristiana

Aunque esta situación no justifica ningun crimen, como cristianos debemos recordar que Jesús a lo largo de los evangelios, se puso del lado de los exlcuídos y rechazados por la sociedad, sea por su condición de impuros o por su pecado. No lo hizo porque estaba de acuerdo con su pecado o porque aprobaba su modo de vida. Al contrario, Jesús se sentaba con ellos en su mesa porque sabía que necesitaban de su aliento, de su confianza, de su amor incondicional para humanizarse plenamente. En Lc 5,31 Jesús nos dice: “No tienen necesidad del médico los que tienen buena salud, sino los enfermos. No vine a llamar a los justos, sino a los pecadores para que se arrepientan.” Jesús sigue en esta línea siempre tras la oveja perdida hasta encontrarla y se alegra cuando el hijo pródigo vuelve a casa (Lc 15).

Como cristianos tenemos una responsabilidad que nace de nuestra condición de hijas e hijos del mismo Padre, de la misma Madre y por tanto de hermanas y hermanos de todos. Creados a imagen y semejanza de Dios (Gn 1) no podemos querer la muerte de nadie, ni del más bestial asesino, porque Dios se hizo hombre para que tengamos vida, y la tengamos en abundancia (Jn 10,10).

Siguiendo el ejemplo de Jesús entonces tenemos que velar por la vida, por la paz y por el bien de nuestro prójimo empezando por los pobres, los excluídos y olvidados. Decir esto desde la academia, desde el púlpito, desde el escritorio nada cuesta. Llevarlo a la práctica en una realidad donde difícilmente se distingue quien es víctima de quien y quienes son los victimarios no es tarea fácil y es ahí donde el ser cristiano cobra su precio.

Diálogo y reconciliación

Hoy por hoy pues, hermanos salvadoreños siguen siendo arrancados de sus familias, de sus centros laborales y escuelas y mientras las muertes sigan estamos aún lejos de hablar de reconciliación. Lo que sí debemos reconocer es que si queremos para El Salvador una paz consolidada y duradera donde la solidaridad ocupe el lugar del odio, un proceso de reconciliación será necesario.

Esto no es ninguna utopía y desde la historia sabemos que las heridas no sanan sólo con el tiempo. Ejemplos de Europa de la segunda mitad del siglo pasado o esfuerzos en escenarios de posguerra como en la ex-Yugoslavia y Ruanda demuestran que la reconciliación sí da sus frutos. Lo más urgente en El Salvador ahora, sin embargo, es terminar con los homicidios y terminar con la represión generalizada contra la población, sobre todo las y los jóvenes, de los barrios marginados. Esto sólo se puede lograr dialogando, tomando en cuenta al otro como persona con derechos, obligaciones, necesidades, miedos y sueños, pero primero como persona.

Dialogar significa hacer un paso atrás, moverse de su propio punto de vista para dar lugar al otro. Significa ceder e intentar de ver la realidad desde la perspectiva del otro, tratar de comprenderlo. Esto es verdadero diálogo y sólo esto. Dialogar siempre cuesta. Es perder un poco de lo propio para ganar en conjunto. Tiene sentido, pues de nada sirve lo propio si por agarrarse de ello nadie avanza y sigue habiendo tanta muerte. Un diálogo sólo puede funcionar cuando todas las partes estén participando, tomadas en cuenta y respetadas.

No cabe duda ninguna de que una madre quien perdió a su hijo por la mano de un pandillero tenga poco interés de dialogar con él. Lo mismo se puede decir de un padre cuyo hijo murió por la bala de un policía. Sin embargo, reiterando lo anteriormente dicho, para que cambien las cosas este diálogo será necesario.

A pesar de todas las polémicas alrededor de la “tregua” y las debilidades del proceso, el esfuerzo cristiano por la paz en El Salvador no se ha agotado. En el mes de abril del año pasado una amplia alianza de diversas iglesias cristianas, tanto evangélicas como católica, y conocida bajo el nombre de Iniciativa Pastoral por la Vida y la Paz (IPAZ) relanzaron la propuesta de un proceso de pacifcación con una perspectiva mucho más amplia que busca entablar un diálogo triangular entre las pandillas, el Estado y la sociedad civil.

Queda la esperanza de que este esfuerzo, aunque vaya a contracorriente con gran parte de la opinión pública y la postura oficial del gobierno[4], se lleve a cabo con sinceridad y buena voluntad de parte de todos los actores, más allá de protagonismos personales y que sus únicos cauces sean la vida y la paz. Más que esperar además hay que trabajar por una conciencia colectiva que reconozca la nececidad de dialogar en una sociedad civil que está profundamente dividida y deposita toda responsabilidad política y social en el gobierno.

De hecho el gobierno juega un papel importante en crear condiciones de vida dignas para todos los salvadoreños. Sin embargo, no podemos olvidar que El Salvador es una democracia y por tanto el poder debe ser de su gente. El gobierno no puede resolver los problemas del país sin el apoyo de la población. Corresponde a cada una y a cada uno de nosotros como ciudadanos contribuir desde ya a la construcción de un nuevo país, desde nuestros hogares, nuestros barrios y residenciales, nuestras ofincinas y escuelas.

Corresponde a cada una y a cada uno de nosotros como cristianos ser fermento de la nueva sociedad, dando testimonio vivo de Jesús de Nazaret con una vida en solidaridad, verdad y amor. Tendrá su precio, pero al fin y al cabo no es nada más ni nada menos que su mismo pueblo el que con la ayuda de Dios puede salvar a El Salvador.

[1] En marzo de 2012 el obispo castrense católico Fabio Colindres y el ex guerrillero Raúl Mijango, respaldados por el gobierno de Mauricio Funes, iniciaron un proceso de diálogo y negociaciones entre las principales pandillas del país con el cual se logró una significante reducción en el número de homicidios que se mantuvo por casi dos años.

[2] Cfr. http://www.laprensagrafica.com/el-salvador/judicial/260717-la-cifra-que-nos-sale-es-60000-pandilleros-en-la-mitad-de-municipios.html.

[3] http://www.laprensagrafica.com/470-264-personas-afines-a-pandillas.

[4] Hace pocos días el presidente Sánchez Cerén acusó a las pandillas de ser responsables de la mayor parte de homicidios en el país y descartó cualquier esfuerzo de entablar un diálogo con estas. http://www.elfaro.net/es/201501/noticias/16434/S%C3%A1nchez-Cer%C3%A9n-%E2%80%9CNosotros-no-podemos-volver-al-esquema-de-negociar-con-las-pandillas%E2%80%9D.htm

Virgen de Guadalupe un acontecimiento salvífico

Por: Luis Jesús Paz Acosta

Hay una inquietud que traspasa de lleno este ensayo. La describo de la siguiente forma: hace algunos años un amigo salvadoreño me dijo que los mexicanos no somos cristianos, somos católicos; pero tampoco católicos, ya que somos guadalupanos y de alguna manera eso nos convierte en increyentes y hasta idólatras. Todo esto lo dice basado en las manifestaciones de fe de los mexicanos, eso que englobamos con el nombre de religiosidad popular. Visto así me gustaría indagar en la acusación severa y dar una apreciación crítica al respecto. Para esto hago uso de tres categorías sustanciales: encuentro, símbolo y paradigma.

Encuentro

Hay, en efecto, una afirmación fenomenológica: el culto y veneración a la Virgen de Guadalupe es el más popular de México. La imagen causa experiencias hierofánicas en las personas (1). También, por más de 480 años ha estado permeando la realidad de los pueblos, pues toca sus fibras y les da anhelos. Pero para comprender un poco más de esto es importante, puntuar, de manera muy sucinta, el acontecimiento en su contexto.

Después de varios años de guerras, entre los españoles e indígenas, la ciudad de Tenochtitlán fue conquistada el 13 de agosto de 1521 por aquellos liderados bajo el comando de Hernán Cortez. Las guerras y las enfermedades como la viruela trajeron como consecuencia la disminución de la población indígena llegando a índices alarmantes (2). A su vez, la destrucción de sus templos e imágenes trajo la desolación provocando una profunda depresión y preocupación colectiva (3).

Es en este contexto cuando sucede la aparición. En un cerro árido llamado Tepeyac la Virgen de Guadalupe irrumpe el 9 de Diciembre de 1531 ante el indio Juan Diego para que lleve un mensaje al obispo de la ciudad de México. El mensaje era que le hiciera una casita de oración en el Tepeyac. El obispo no le cree y después, ante la insistencia del indígena, el obispo franciscano Juan de Zumárraga le pide una señal.

Después, la Virgen le pide a Juan Diego cortar flores de la cima del Tepeyac, colocarlas en su tilma y llevárselas al obispo. Cuando el indio le presentó al obispo las flores, la imagen de la Virgen se quedó grabada en la tilma. Entonces el obispo creyó (4).

Es indudable que en la conquista hubo un encontronazo de dos culturas, de dos antropologías totalmente distintas. Los vencedores impusieron su propia cultura, su propia cosmovisión, desdeñando la de los vencidos. Por tal, la evangelización fue desde arriba, aunque también hubo intentos de apreciar la cultura autóctona. No obstante, no hubo respeto por los elementos religiosos y culturales de los indígenas. Reducir al silencio su cosmovisión les trajo apatía, indignación, enojo y depresión.

Sin embargo, desde la óptica del acontecimiento Guadalupano lo que ocurrió fue un encuentro. No se trata ya de una cosmovisión que aplasta a otra, sino de una integración de lo mejor de cada cultura. Cuando la Virgen de Guadalupe se encuentra con el indio Juan Diego le llama “apreciado, respetable Juan Diego”, le reconoce su dignidad (5) y lo convierte en mensajero de algo que está aconteciendo, irrumpiendo. La petición es inusual, construirle una capilla, una casa de oración. Para los indígenas el templo, o lugar de oración es el lugar donde la cultura se crea y se mantiene. La Virgen no está pidiendo un lugar para que vayan a adorarla y contemplarla, lo que en realidad demanda es una nueva civilización. Es algo nuevo que ya se está realizando, ella es el mejor ejemplo de esto.

Esto no será para nada fácil, pues el obispo rechaza el mensaje de Juan Diego y en realidad rechaza, en última instancia, a Dios que pide un cambio de perspectiva, una conversión. En el horizonte se encuentran dos conversiones, la del obispo (Iglesia institucional) y la de Juan Diego (el pueblo indígena). La conversión del obispo es la de apreciar al indígena como sujeto con dignidad, la de Juan Diego es la de superar ese complejo de inferioridad que sojuzga y salir al encuentro libre con la Madre y los hermanos. La muestra que algo nuevo está ya dándose en la realidad es la misma imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, la cual constituye el símbolo de encuentro de las dos razas para que surja algo nuevo.

Símbolo

La imagen de Guadalupe es un símbolo (symbolum latín, σύμβολον griego) en su más etimológico sentido. Símbolo en griego es: contrato, señal, emblema, insignia (6). La palabra griega se deriva del verbo symballein, que está compuesta por dos palabras: syn, conjuntamente, y balleín: lanzar, arrojar. Lo que significa: tirar conjuntamente o reunir (7). El symbolon, en su original sentido, era un objeto partido en dos, del cual dos personas conservaban una parte, para recordar su alianza, promesa o deuda. Desde este punto de vista la imagen de Guadalupe es un símbolo de la unión, integración (8) de dos razas, dos cosmovisiones, dos pensamientos, dos antropologías; que no se contraponen en una relación de sumisión o de insumisión sino de encuentro. Guadalupe es el resumen de algo nuevo, una nueva manera de ver el mundo, una verdad (flor) y belleza (canto) inigualables.

Cuando ha habido conquistas en la historia de la humanidad, la mayoría de las veces se ha suplantado las deidades, se ha destruido y erigido nuevos templos desde las ruinas de los antiguos. No obstante, en el acontecimiento Guadalupano observamos otra dinámica. María de Guadalupe es una síntesis más que una destrucción, es un símbolo más que una suplantación. En efecto, la imagen recuerda a la mujer vestida de sol con la luna bajo sus pies (Ap 12,1-2), pero también a la diosa Tonantzin que recibía culto en el Tepeyac. ¡Pero no son ninguna de la dos! Es María de Guadalupe anunciando una realidad radicalmente nueva. Ella es una mestiza (no indígena, no occidental), es un fruto del encuentro de ambas razas, es una epifanía. No cabe duda que la imagen le dice más a los indígenas que a los mismos españoles. Los tlatoanis (sabios) mexicas con solo observar la imagen entendían el profundo significado.

El mensaje poderoso es la constitución de una vida nueva, de una raza nueva. Una raza que respete sobre todo la cultura indígena. El ejemplo de las flores es sublime: en un lugar muerto como el cerro del Tepeyac, árido, salitroso, en pleno invierno, Juan Diego recoge flores de Castilla. En ese lugar muerto surge vida. En una cultura asesinada, con cosmovisiones aplastadas, destruidas, con personas enfermas, con una población menguada y azuzada a verse inferiores, irrumpe vida. Una nueva forma de entender, una verdad, un proyecto, un sueño. Por eso pide un santuario (casita sagrada) en el Tepeyac y no en la catedral de la ciudad. Porque busca una construcción de una civilización desde la periferia, desde los oprimidos, desde la recuperación de la dignidad de los indígenas. Es por eso que Juan Diego se convierte en mensajero, en evangelizador de los frailes españoles, pues el mensaje es crear un orden distinto en donde la igualdad impere y no haya divisiones de hermanos mayores y hermanos menores (9).

Sigue existiendo una fuerte atracción gravitatoria desde el símbolo a la realidad de Dios. Las personas siguen acercándose a María de Guadalupe. Una razón inexorable la encontramos en la identificación con la imagen por el color de piel. No es ajena, no es extraña, es como nosotros. Es indudable que María de Guadalupe es el símbolo que explica (sin hacerlo) de forma numinosa quiénes somos como latinoamericanos; sin tanta palabrería, sin diarreas oracionales, sin discursos altivos y fútiles, sin explicitaciones alambicadas, solo se vuelve imprescindible vivirlo, experimentarlo, contemplarlo. Pero, también es símbolo de la presencia salvífica de Dios, pues el rasgo característico de Guadalupe es el amor.

Ahora bien, esta aparición no es marca registrada para los mexicanos, ya que en el día del acontecimiento, México como república no estaba constituido. Es más bien una epifanía que revela una nueva raza. Una raza cósmica Vasconceleana, una raza que trasciende fronteras como proyecto en conjunto.

Paradigma

El acontecimiento guadalupano es un modelo perfecto de evangelización inculturada, llevada a cabo en una sociedad naciente. Hay, ineludiblemente, un giro copernicano en la forma de acercarse a los indígenas. Tal modelo trastoca todo lo concerniente a la situación en la que estaban subsumidos los indígenas y los hace protagonistas.

Este suceso abre las perspectivas a una evangelización kenótica. Como en la salvación misma de Jesús, su madre de Guadalupe, quiere que entremos en la relación amorosa con Dios, desde adentro de la historia y por debajo de ella. Empieza con los últimos para hacerlos partícipes del proyecto salvífico y esperanzador de su Hijo del Teotl verdadero que carga en el vientre. Pero no es una propuesta sectaria ni tampoco que tiende al ostracismo, sino al contrario, el indio Juan Diego se convierte en evangelizador y va al líder de la Iglesia institucional para narrar el acontecimiento, la experiencia reveladora. Algunos podrían argüir en contra de este hecho cuestionándolo e interpretándolo como una preponderancia y aval de la religión cristiana. No obstante, es crucial que sea Juan Diego quien anuncie al obispo, porque no se trata de una elección solamente para los indígenas, sino que, como mencioné anteriormente, es una realidad nueva, donde ambas razas confluyen, se integran, sin exclusión mutua (10).

Es una creación nueva que conlleva a recrear las relaciones entre los españoles e indígenas. Conlleva, a su vez a cuidar al hijo de ambas: el mestizaje. No nos podemos entender a nosotros mismo sin mitos fundantes. María de Guadalupe es un acontecimiento fundacional de nuestro ser mestizo.

Ahora bien, este acontecimiento salvífico provoca cualquier cantidad de manifestaciones religiosas y culturales. Estas no se logran comprender si no hay una experiencia fontanal que las nutra. Las peregrinaciones, danzas (11), rosarios, novenas, mañanitas son sustentadas por la experiencia de un amor que se ha acercado a nosotros. Las candelas, el incienso, los colores, los cantos, la comida, son expresiones de la vivencia de la gente. Sobre todo de los más sencillos. El acontecimiento y sus expresiones religiosas son siempre presentes y trascienden la realidad espacio-temporal.

 

Conclusión

Dicho lo anterior cabe resaltar que el acontecimiento Guadalupano sigue motivando a millones de personas y sigue siendo motor de expresión de la vida. Las etiquetas acuciantes de mi amigo son superficiales y no llegan a influir ni confundir a las millones de personas que seguimos siendo Guadalupanos y por eso cristianos. Por nuestra herencia indígena y española somos sumamente visuales, por lo tanto la imagen tiene mucha fuerza y el relato detrás de la imagen también. De este modo, las personas viven y expresan la experiencia Guadalupana, su fe es conocimiento personal de Dios, de su Hijo y de María de Guadalupe. Quizá no lo pueden expresar con categorías intelectuales pero eso no los convierte en analfabetas religiosos. Se abren a la experiencia, la acogen, la respetan, no la cosifican para después estudiarla. Comprenden que en el fondo se encuentra el amor de Dios Padre-Madre que subyace en cada corazón. Somos nosotros los que nos vemos reflejados ella, somos los latinoamericanos los que nos sentimos incluidos en ella. Ella es una de nosotros que quiere darnos salvación por medio de su Hijo. Creo que entendido lo católico como un proyecto en común y que atañe a todos, los guadalupanos somos católicos. A su vez, somos profundamente cristianos porque creemos en el amor kenótico de Dios por medio de su Hijo y de su Madre María de Guadalupe.

(1) En el 2005 mi familia fue al Distrito Federal para visitarme. Un día fuimos a la basílica de Guadalupe. En la basílica se encuentra la imagen y para verla de cerca hay un espacio donde una banda elástica va desplazando a las personas mientras la ven (dura alrededor de 6 segundos recorrer y esto es con la intención de que no se queden mucho tiempo en el espacio y den oportunidad a otros para verla). Cuando nos colocamos en la banda y volteamos hacía arriba para observar la imagen fue totalmente normal para mí. Pero, al terminar el recorrido vi a mi madre llorando. Mi fe en ese tiempo (por la influencia de la filosofía) iba por otro rumbo; sin embargo, me quebró y cuestionó completamente cuando vi a mi madre llorando por haber visto la imagen. Pude percibir su encuentro.

(2) Cfr.Virgil Elizondo, Guadalupe Madre de la nueva creación, Verbo Divino, 1999, págs. 57-60.

(3) Para los aztecas los sacrificios humanos tenían el propósito de que el sol retornara día a día. Era un compromiso con el universo no solamente con su raza. Al prohibirse los sacrificios, los indígenas cayeron en una angustia terrible. Para indagar sobre la perspectiva de la conquista desde los indígenas, Miguel León Portilla, El reverso de la conquista: relaciones aztecas, mayas e incas, Joaquín Mortiz, 1964.

(4) Lo anteriormente descrito se encuentra en el poema náhuatl titulado Nican Mopohua.

(5) Los españoles que llegaron a América impusieron el evangelio con poder y espada. No pudieron apreciar lo bueno que había ya en las culturas mesoamericanas. Virgil lo describe así: “Los primeros misioneros eran hombres piadosos. Querían sinceramente convertir a los nativos para que pudieran salvarse. Pero, para convertirse, tenían que dejar a un lado todo lo que había sido de valor para ellos antes de la llegada de los españoles.” Virgil Elizondo, op. cit., p. 141.

(6) Cfr. José Pabón, Diccionario Manual, Griego Clásico- Español, Vox, 2007, p. 553.

(7) Véase: http://etimologias.dechile.net/?si.mbolo.

(8) Virgil utiliza el término mezcla. Virgil, op. cit., p. 187.

(9) Un problema tensional que tenían los evangelizadores era la aceptación de los indígenas en sus conventos para convertirse en sacerdotes o religiosos. El prejuicio occidental los situaba en una escala inferior. Este problema no está del todo superado pues aún persiste.

(10) Sin embargo no hay que desestimar la gran impronta de que un indio goce de la experiencia Guadalupana y de que sea portador del mensaje.

(11) Cuando era pequeño danzaba con mis hermanos en fiestas de los santos. La fiesta importante era la de Nuestra Señora de Guadalupe y era un honor poder danzar durante las peregrinaciones.

Sínodo de la misericordia en Roma: Una Buena Noticia para el mundo

Por Claudia Rivera

En el pasado mes de octubre, específicamente del 5 al 19 de dicho mes, se celebró un sínodo de obispos en Roma con el objetivo de tratar temas acuciantes sobre la familia y para la familia, por lo que vale la pena comentar un poco sobre él. A cincuenta años de clausurado el Concilio Vaticano II la realidad, con las relaciones humanas que la componen, se presenta ante la Iglesia con más interrogantes que respuestas. La Iglesia no puede negarse a iluminar desde el evangelio dicha realidad. Negarse implicaría dejar dobispose ser sal de la tierra que una vez desvirtuada es útil para ser lanzada afuera y pisoteada por las personas (Mt 5, 13). Sin embargo, ser sal del mundo implica conocerlo como bien reconocieron los padres conciliares reunidos en el Vaticano II: “es necesario, por ello, conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo dramático que con frecuencia le caracteriza” (Gaudium et Spes, 4). Justamente los obispos reunidos en el reciente Sínodo en Roma intentaron conocer y comprender el mundo dejándose guiar, no por prejuicios humanos sino por el Espíritu de la verdad de quien Jesús explicó que guiaría a la Iglesia hacia la verdad completa pues no hablaría por su cuenta sino lo que oyera (Jn 16, 13). Seguramente, por esta razón, el papa Francisco pidió a los obispos hablar con la verdad evitando su encubrimiento o su evasión, que hablaran sin miramientos humanos por la presencia del pontífice:

“Una condición general de base es esta: hablar claro. Que nadie diga: «Esto no se puede decir; pensará de mí así o así…». Se necesita decir todo lo que se siente con parresía. Después del último Consistorio (febrero de 2014), en el que se habló de la familia, un cardenal me escribió diciendo: lástima que algunos cardenales no tuvieron la valentía de decir algunas cosas por respeto al Papa, considerando quizás que el Papa pensara algo diverso. Esto no está bien, esto no es sinodalidad, porque es necesario decir todo lo que en el Señor se siente el deber de decir: sin respeto humano, sin timidez. Y, al mismo tiempo, se debe escuchar con humildad y acoger con corazón abierto lo que dicen los hermanos.” (Saludo del santo padre Francisco a los padres sinodales durante la I Congregación general de la III Asamblea General Extraordinaria del Sínodo de los Obispos. Aula del Sínodo, Lunes 6 de octubre de 2014).

Las palabras contenidas en este saludo muestran que el Sínodo es una buena noticia para el mundo por dos fuertes razones.

1°. Una “Iglesia en salida”

Primero, el mundo está ante una “Iglesia en salida” (EG, 20), una Iglesia que quiere comprender a los demás para llegar a ellos. Testimonio de esta apertura es el Instrumentum Laboris elaborado en base al cuestionario del Documentos Preparatorio que el Papa envió al pueblo de Dios desde noviembre del 2013. Su contenido, quizá parejaun poco extenso para dos cortas semanas de trabajo sinodal, permite entrever el deseo de la Iglesia Universal de dialogar sobre temas que afectan a grupos de personas que usualmente han sido marginadas, mal vistas o rechazadas, no sólo por la sociedad sino por ciertos miembros de la Iglesia misma.   Sin lugar a dudas, de los varios capítulos que componen el Instrumentum, sea el tercero de la Segunda Parte el que más comentarios positivos y negativos ha levantado. Su mismo nombre “Las situaciones pastorales difíciles” indica que la Iglesia, al igual que la sociedad, enfrenta dificultades al abordar esas problemáticas.

Temas como las uniones de hecho; separados, divorciados y divorciados vueltos a casar por lo civil; las madres solteras; acceso a los sacramentos; las uniones entre personas del mismo sexo y su reconocimiento civil; transmisión de la fe a los niños en uniones de personas del mismo sexo han sido criticados por ciertas voces. Ejemplo de esto, es la opinión manifestada por Mons. Rogelio Livieres en un artículo publicado en Internet: “Dentro de la Iglesia, y últimamente desde algunas de sus más altas esferas, «soplan vientos nuevos» que no son del Espíritu Santo”; además Mons. Livieres llega a advertir que la Iglesia está ante un peligro gravísimo: “La situación es gravísima y no soy yo el primero en advertir que desgraciadamente estamos frente al peligro de un gran cisma”. (Ambas citas tomadas del artículo: “Esperanza frente al peligro de cisma” de Mons. Rogelio Livieres). Afortunadamente, ni el teólogo más especializado en pneumatología se ha atrevido a sostener que otra ave, que no sea la del Espíritu Santo, sobrevoló en el Sínodo; ni ningún obispo ha manifestado deseos de partir a conformar una nueva Iglesia. Lejos de ese tipo de consideraciones, el papa Francisco junto a los obispo del Sínodo han sido muestra de cómo la Iglesia está haciendo un esfuerzo por ir primereando en el amor: “y por eso ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces del camino para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia del Padre y su fuerza difusiva” (EG, 24). Fuerza difusiva que hace salir a la Iglesia de su perenne tentación del eclesiocentrismo constantiniano o tridentino que ciertos grupos auto llamados conservadores añoran como si ellos fueran los días de oro de la Iglesia.

¡Qué buena noticia para el mundo! La Iglesia ha tenido el valor de cuestionarse, de dialogar sobre temas que atañen a personas –como divorciados, madres solteras, homosexuales, entre otros –para quien muchas veces la pregunta hecha por Jesús a la mujer a quien querían apedrear: “Mujer ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?” (Jn 8, 10) tendría una dura respuesta: “están dentro de la Iglesia y me han condenado, excluido y rechazado”. No es con rigor que el pastor o la pastora tratan a la oveja herida sino con amor. Y hoy por hoy hay muchas ovejas heridas en los caminos, en los parques, en los centros comerciales, en los estadios, en las plazas, en los pueblos, entre otros muchos lugares que deben ser encontradas y tratadas con amor. Los temas del Instrumentum Laboris muestran una Iglesia en salida; pero no para anatematizar sino para acoger, para comprender y para amar. No hay que temer cismas ni el vuelo de aves peligrosas. Más bien hay que: “primerear, involucrarse, acompañar, fructificar y festejar” como encomienda el Papa Francisco. (EG, 24). Posiblemente las respuestas vertidas por los obispos no son lo esperado por muchos ni en profundidad ni en novedad; pero, el que existiera la posibilidad de cuestionarse, de dialogar sin prejuicios humanos es ya un inicio por comprender, en lugar de excluir, marginar y condenar.

2. Una “pastoral en conversión”

En segundo lugar, el Sínodo muestra que los obispos de cada región intentan poner en práctica las palabras del papa Francisco cuando invita a trabajar arduamente por el Reino:

“la pastoral en clave de misión pretende abandonar el cómodo criterio pastoral del «siempre se ha hecho así». Invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades” (EG, 33).

Es peligroso que la Iglesia viva apegada a esa antigua y muy usada frase «siempre se ha hecho así» porque invita a sus miembros a quedarse en la alturas del monte Tabor expresando junto a Pedro: “Señor bueno es estarnos aquí” (Mt 17, 4). Claro que es bueno estar ahí en medio de una experiencia mística como la que los tres discípulos vivieron junto al Maestro; sin embargo, Jesús no quería eso de sus discípulos. Su invitación era a vivir dicho encuentro para bajar del Tabor y continuar llevando la Buena Nueva a los leprosos, prostitutas, publicanos, poseídos, ladrones, y en fin a todos los pobres y afligidos de los distintos pueblos, montes y valles que visitaban.

Algunos dirán que si quedarse viviendo efusivamente la experiencia taborica es peligrosa, más peligrosa es aún la reforma, la novedad y el cambio. Atenta contra la doctrina, atenta contra las enseñanzas de la Iglesia; es decir, atenta contra la cómoda frases: «siempre se ha hecho así». A Jesús no le detuvo esta consideración. Rompió los paradigmas y esquemas de su época. No le importó entrar en contradicción con sus contemporáneos, así fueran fatablariseos o doctores de la Ley. La acusación contra Jesús levantada por dichos grupos de sabios teólogos y prestigiosos sacerdotes portando enormes filacterias ante Pilato fue justamente esa: “solivianta al pueblo con sus enseñanzas por toda Judea, desde Galilea, donde comenzó, hasta aquí” (Lc 23, 5). ¿Por qué soliviantaba? ¿Sería porque enseñaba el amor, la misericordia y el perdón? ¿Sería porque no esperaba a la gente en el Templo sino que salía del Templo en busca de ella? ¿Sería acaso porque mientras comía con los pecadores dijo a los fariseos que le criticaban: Id y aprended que significa Misericordia quiero, que no sacrificio? El misericordiosos es incomprendido porque aplica la misericordia a personas y situaciones generalmente nuevas por medio de una pastoral nueva y creativa. Jesús no estaba contra la Ley ni era su deseo abolirla. Vino a aplicar la Ley, pero su aplicación novedosa, creativa, sencilla dirigida con especial amor a los pobres y afligidos le hizo ser considerado soliviantador y alborotador de la gente.

Los obispos del Sínodo y aquellos que han aportado sus ideas desde una perspectiva de la alteridad, del dialogo, de la apertura, del amor que primerea han sido también criticados e incomprendidos: “el cardenal Kasper y la revista jesuita Civiltà Cattolica son activos propulsores que lideran esta confusión” (Artículo: “Esperanza frente al peligro de cisma” de Mons. Rogelio Livieres). No se trata de confusión si no de primerear en el amor; se trata de aplicar la doctrina de forma creativa sin apegarse a inútiles ortodoxias y fundamentalismos:

“una pastoral en clave misionera no se obsesiona por la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas que se intenta imponer a fuerza de insistencia. Cuando se asume un objetivo pastoral y un estilo misionero, que realmente llegue a todos sin excepciones ni exclusiones, el anuncio se concentra en lo esencial, que es lo más bello, lo más grande lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario. La propuesta se simplifica, sin perder por ello profundidad y verdad, y así se vuelve más contundente y radiante”. (EG, 35).

Los miembros de la Iglesia así sean obispos, sacerdotes, religioso o seglares deben ayudar a convertir la pastoral y con ello a la Iglesia en una Iglesia del amor.

Esta pastoral en conversión es una buena noticia para el mundo. Prueba de ello son los comentarios en su contra frente a los cuales la Iglesia no ha decaído. La Iglesia en su mayoría comprende que debe aplicar una pastoral llena de amor, comprensión y perdón. Se está esforzando por aprender que significa “Misericordia quiero, que no sacrificio”, como hace años enseñaba San Ambrosio de Milán a sus fieles en una oración:

“Ven, Señor Jesús.

Ven a buscar a tu siervo, a ésta, tu oveja extenuada.

Ven, Buen Pastor.

Ven sin perros.

Ven sin asalariados, que no saben de ternura.

Ven sin mercenarios, que no saben entrar por la puerta.

Ven sin ayudante, sin intermediarios,

Ven, pero sin bastón; con amor y con clemencia.

Ven, Señor Jesús.

Búscame,

Rodéame,

Encuéntrame,

Levántame,

Llévame.”

El Sínodo terminó sus dos semanas de trabajo en Roma; pero continuará el próximo año. Mientras tanto, cada cristiano está invitado a repensar su misión dentro de la Iglesia y su forma de aportar algo positivo a esta pastoral en conversión.

Para cerrar este comentario del Sínodo, hay que decir que ha sido una experiencia enriquecedora que ha hecho crecer a la Iglesia porque le ha posibilitado dialogar sobre aspectos de la realidad de manera más profunda, libre y valerosa con el fin de hacer de la Iglesia un lugar de acogida donde el amor y no la condena están presentes. Ha sido una buena noticia para el mundo que invita a repensar que otro mundo es posible; un mundo donde el amor y no el odio sea el que predomine.